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18 - 01 - 2006

El otro día fui a comer a un restaurante con una amiga, no era la primera vez y siempre que voy es porque la competencia lo tiene todo lleno. No recordaba porque nunca me apetecía ir a ese restaurante, el lugar estaba vacío y quería pensar que esa ausencia de almas era por lo temprano de la noche, pero los otros restaurantes estaban llenos…
Tenia una sensación extraña, no conseguía sentirme cómodo, todo era muy espacioso, los techos a alturas inalcanzables, las paredes de color amarillo pálido y un silencio que nunca había sido tan oído, pero los trabajadores hippy’s con la comida vegetariana le daba un aire alternativo y simpático a la velada, y con solo mirar los ojos de mi amiga en inmediato olvidaba el mundo real.

o eso creía… La sala se llenó, o mejor dicho ocuparon las pocas mesas separadísimas entre ellas, en total éramos 4 mesas a 2 metros una de la otra, creía que con esas nuevas incorporaciones el ambiente se llenaría de sus conversaciones, del ruido de los cubiertos entrelazando la comida, los vasos brindando y el sonido de las últimas gotas de la botella de vino ocupando el espacio, creando esa agradable sensación de colectividad individualizada donde la energía positiva de las otras parejas es compartida, como cuando estas en un concierto de bar y parece que conozcas a todo el mundo que hasta subirías y cantarías junto al cantante, por suerte eso nunca pasó.
Pero no fue así.
Las paredes anchas con los techos en el cielo dejaban desvanecer el ambiente para mantenerlo frió, pero yo aún tenia los ojos de mi amiga para esconderme de esa fría realidad, cuando de pronto me di cuenta que nuestra conversación resonaba por toda la sala, nos emocionamos con nuestras historias, levantamos el tono de voz positivamente y nos silenciamos al darnos cuenta que rebotaba en el vacío de las inexistentes conversaciones de las parejas que nos acompañaban en sus respectivas mesas.

Entonces te fijas en ellas y te das cuenta de sus silencios que hablan más que las palabras, sus miradas perdidas en el amarillo pálido de las paredes, sus tenedores entrelazándose vagamente en la comida y un vino deseando ser degustado u otro que en ausencia de amor a sido engullido sin la mínima degustación.
Te compadeces de las parejas culpando al tiempo que todo lo degrada, piensas que nunca dejarás que tu pareja (si la tuviera) viva una velada tan muerta, lucharás contra el tiempo, pero entonces recuerdas que ya lo viviste en una anterior relación dándote cuenta que si uno de los dos no quiere esforzarse nunca habrá conversación, por mucho que lo desees.

Luego recordé que estos silencios incómodos también suceden entre grupos de amigos, donde te encuentras preguntándote: ¿si somos tan amigos como es que hace media hora que no hemos conseguido mantener una conversación? y luego terminamos hablando de estupideces y de las vidas de los otros.

Entonces recordé una entrevista con el diseñador de Y “LOVE” NY donde explicaba en que reside el éxito de un restaurante, había analizado el por qué la gente va al restaurante, en general nos vestimos bien, nos ponemos guapos y nos gastamos una pasta en la comida, entonces deducía que un restaurante no puede permitir que sus clientes se sientan feos, por lo que las luces tienen que estar dispuestas para iluminar adecuadamente a los clientes y no manchar la cara de sombras mal repartidas.
En el restaurante que estábamos era al contrario, había tanta luz que me sentía “desnudo”, como si nos iluminaran en una cárcel al escaparnos, ¡MIRAD ESTAN ALLÍ! me sentía incomodo y con las parejas mudas alrededor parecía que en vez de una cena para dos, era una conferencia sobre nuestras experiencias.

Me fui del restaurante con la misma sensación que había olvidado: no volver a cenar en este lugar mientras exista otro que no esté ocupado.

Estoy seguro que con el simple cambio de luces, creando una atmósfera mas reducida nos sentiríamos mas cómodos y esas parejas monosilábicas se sentirían lo suficiente íntimas como para romper el hielo.

Pero ¿y esas parejas o amigos que aún así no consiguen entablar una conversación? el restaurante no puede permitir que se vayan incomodas, tienen que idear una solución.

Mi amigo Carlos, un estudioso del ser humano a través del cine, tienen la solución: crear un “Menú de conversaciones”.

Llegas al restaurante, te sientas con tu amigo o pareja, y el metre te presta la carta del menú de degustación y de acompañamiento el menú de conversaciones por si os quedáis en blanco o no os entendéis con vuestras conversaciones.

MENÚ DE CONVERSACIONES

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Seguro que las veladas serian mucho más divertidas y nos iríamos del restaurante con ganas de volver.

Creo que los restaurantes tienen que dar un vuelco en su cometido, empezar a ser más interactivos, más ingeniosos, es un lugar donde se junta mucha gente, ¿porque no hacemos que se conozcan?

Empecemos con el Menú de conversaciones, luego ya llegaran el intercambio de conversaciones, la comunicación con los seres de la mesa de al lado.

El restaurante aún le queda una asignatura pendiente: el ocio.

- 2 comentarios

2 thoughts on “El menú de conversaciones

  1. Carmen

    Conozco muy bien esas sensación de la que hablas, pero yo estaria en la mesa a 2 m de vosotros… De repente un día te levantes y ves que ya no queda nada, que todo ha muerto pero que tu sigues ahí al lado de esa persona que tampoco hace nada por remediarlo. Sigues haciendo las mismas cosas de siempre, aunque ahora: ni risas, ni palabras, ni caricias… ni tan siguiera amor. Solo queda el vacio, el miedo a decir “se acabo”.
    ¡Somos una pareja! porque salimos a cenar… pero entonces miras a tu alrededor y ves a los de la mesa de al lado: charlando, riendose, cogiendose la mano y en sus ojos se ve amor. ¿Y en los mios sabes que se ve? Lágrimas y dolor por algo que no quieres aceptar que se acabo. Ya no hay, ni tan siguiera, comunicación.
    ¿Mal de muchos, consuelo de tontos? (Creo que era asi el refran)

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